Viernes 21 de febrero

Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

 

Efesios 4,12

 

 

Una vez me lastimé el dedo más chico del pie izquierdo. Era una herida muy pequeña en proporción a todo mi cuerpo, pero afectaba toda mi estabilidad y mis posibilidades de calzarme los zapatos. Un dedito al que uno no mira ni presta atención ahora reclamaba mi atención exclusiva. Lo que parecía insignificante se tornaba importante para seguir caminando.

Pablo nos enseña que el cuerpo humano, aunque está formado por muchos miembros, es un solo cuerpo. Una imagen sencilla, pero, ¡cuántas cosas nos dice el apóstol con esto!

Si Cristo es la cabeza de la iglesia, cada uno de los miembros disfruta del don de la igualdad, y ha recibido el derecho de participar como miembro del pueblo de Dios en la misión.

Al afirmar que la iglesia es un cuerpo, estamos declarando la igualdad entre sus miembros y dejando a Cristo la exclusividad de la suprema autoridad. Afirmar que somos un cuerpo alienta la participación real de todos en la búsqueda de un crecimiento armónico de la comunidad de fe. El principio de igualdad y la participación en la iglesia constituyen un ejercicio de democracia práctica y real, especialmente para una sociedad desigual y autocrática.

Que nuestro testimonio de ser iglesia sirva como fundamento para una sociedad igualitaria, solidaria y justa; señal de una nueva humanidad que tiene que crecer entre nosotros, inspirados en un Dios de misericordia, cuyo amor se expande para transformar todas las cosas que nos rodean.

Poderoso Dios, que nos has ordenado levantarnos y caminar en justicia y rectitud, ayúdanos no sólo a oír, sino a hacer lo que tú requieres de nosotros; por Jesucristo, nuestro Salvador y Señor. Amén.

 

Frank De Nully Brown

Efesios 4,11-16