Sábado 29 de marzo

Jesús dice: Al irme les dejo la paz. Les doy mi paz, pero no se la doy como la dan los que son del mundo. No se asusten ni tengan miedo.

Juan 14,27

 

Cuando era muy joven, me tocó vivir la Revolución de septiembre de 1955, en Córdoba. Fue una semana en la que tuve mucho miedo y quería escaparme, sin saber por dónde. Durante una tregua, eché a correr con mis tacos altos y perdí un zapato. Me saqué el otro y seguí corriendo. Un soldado me seguía y gritaba: “¡Eh, piba, tomá tu zapato!” pero yo corría y decía: “No quiero zapatos, ¡quiero la paz!”. El soldado me alcanzó y junto con otros que también corrían, nos obligó a entrar en el zaguán de un hotel, porque había terminado la tregua y recomenzaron los tiros y cañonazos. Allí tuvimos que quedarnos tres días más, hasta que todo fue superado…

Esos días parecían eternos.

Esto me hizo pensar y valorar la paz en sus diferentes formas. Poco tiempo después descubrí que la paz interior sólo la da Jesús, y que no es una falsa quietud, sino que aún en medio de la actividad y la lucha, nos ayuda a mantenernos serenos.

Recuerdo el coro de una vieja canción:

“Cual la quietud de un arroyo es la paz que yo siento,

cuando estoy con mi Jesús, es una paz tan sublime,

es un gozo indecible, que hace feliz mi corazón,

paz de mi Cristo, paz de mi Cristo,

paz por siempre.”

 

Elsa Anz

 

Juan 14,27-31