Miércoles 26 de marzo

Jesús dice: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.

 

Juan 14,9

 

Él se crió sin mayores privaciones porque –la verdad sea dicha– jamás le faltó absolutamente nada. Hoy, al frente de la empresa, recuerda diferentes anécdotas de su padre sobre los inicios de la firma, incluso sobre empresarios amigos, de la competencia, con los que se prestaban plata, materiales y hasta pasaban fines de semanas juntos, en familia.

Estos días se encontró con un grafitti en la pared del depósito: “El hijo no es el padre…” Él se quedó impresionado, pero en silencio. Al tiempo convocó a una reunión de personal en la que hizo un repaso de la historia de la empresa con una presentación de fotos. A los empleados más viejos les pidió contar historias de esos años. No pudo dejar de sorprenderse por el respeto que le tenían a su padre: “Tu padre sabía venir a trabajar con nosotros en los diferentes sectores, conocía nuestras vidas, sabía de nuestros sueños y nuestras familias, era el primero en abrir la puerta y el último en apagar la luz”. Luego les pidió a los más jóvenes que hablaran sobre sus sueños: “llegar a casa temprano”, “comprarme una moto”, “hacer mi casa”, “tener tiempo para mi familia”, y frases como éstas.

Días más tarde empezó a trabajar con frecuencia junto a sus empleados, mejoró las condiciones sanitarias, les ofreció créditos accesibles para mejorar sus viviendas, propuso un torneo de fútbol familiar para el día de la primavera y capacitaciones anuales para todos los empleados. Ahora, todos saben que “el hijo no es el padre… porque padre hay uno solo”, pero “como este hijo no hay otro”.

 

Jorge Weishein

 

Juan 14,8-14