Miércoles 2 de enero

Era el año quince del gobierno del emperador Tiberio, y Poncio Pilato era gobernador de Judea. Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo gobernaba en Iturea y Traconítide, y Lisanias gobernaba en Abilene. Anás y Caif��s eran los sumos sacerdotes. Por aquel tiempo…

Lucas 3,1–2

El cristianismo ha sufrido siempre la tentación de olvidar este tipo de detalles que podemos encontrar en el Nuevo Testamento. Fácilmente hemos perdido de vista que el Jesús en el que creemos y confiamos fue ese carpintero de Galilea del siglo primero.

Con notoria rapidez y descuido, hemos exaltado al Cristo de la gloria, sentándolo a la derecha del Padre. Casi sin pensarlo lo hemos convertido en algo tan excelso que lo hemos alejado de nosotros. Lo llevamos tan alto que ya no podemos alcanzarlo. Tan absolutamente fuera de nosotros que ya no podemos reconocerlo como lo que fue: un ser humano.

El evangelio se esfuerza en recordarnos que Jesús fue un ser histórico. Que vivió en un tiempo determinado. Que nació, vivió, sufrió y murió. Es ese Jesús con el que nos podemos relacionar. Es en ese Jesús que podemos reconocernos humanos. Con cuyas lágrimas enjugar nuestro llanto, con cuyo dolor sanar nuestras heridas, con cuya rebeldía identificar nuestras luchas. Es en ese Jesús sufriente y desafiante de lo establecido que podemos aprender a ser más humanos, a reconocer al prójimo que tenemos al lado, a identificar a Dios en ese prójimo.

Quiera Dios que no llevemos a Jesús a los cielos y nos olvidemos de que camina junto a nosotros en este mundo. Quiera Dios que podamos reconocerlo en cada “pequeño”. Quiera Dios que seamos capaces de continuar su lucha por dignidad y justicia.

Jonathan Aly

Lucas 3,1-6