Jueves 13 de marzo

De cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, lleva mucho fruto.

 

Juan 12,24

 

Jerusalén bullía de gente. Aquellos eran días de fiesta, pero, como a veces suele suceder, detrás de la algazara, a oscuras, había quienes pergeñaban lo que devendría en tragedia. En aquel momento, “el horno no estaba para bollos”, como dice el dicho, y Jesús era plenamente consciente de esto, a tal punto que les anuncia a sus discípulos la proximidad de su muerte. Sin embargo, él le da un significado trascendente a su sacrificio: su muerte, cual grano de trigo, ha de dar frutos posteriores; primicia de esos brotes eran aquellos griegos que se acercaron a buscarlo (Juan 12,20 ss), es decir, su ministerio trascendería el límite de Palestina y se expandiría por el resto del mundo.

Esas palabras las dijo Jesús en un contexto límite, y bien dice Pedro que nuestro Salvador se sacrificó para que nosotros seamos sanados (1 Pedro 2,24) no para que nos sacrifiquemos con él.

Sin embargo, al igual que Jesús, podríamos mirar nuestras vidas desde el punto de vista de los frutos que logremos dar, desde la generosidad con la que nos ofreciéramos a vivir en amor, sin escatimar ni mezquinarnos a aquellos que nos rodean. Y claro, este desafío nos presenta de sopetón con la vida misma, con sus dolores y alegrías, con sus luces y sus sombras…

Pero, como diría aquel poeta español, Miguel Hernández: “Mi vida es una herida de juventud dichosa. ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente herido por la vida, ni en la vida reposa herido alegremente!”

¡Que la vida nos conmueva profundamente para poder dar abundantes frutos! Amén.

 

Eduardo Obregón

 

Juan 12,20-26